Un lector nos ha enviado un video muy salao sobre la publicidad intrusiva en la prensa por Internet.
Publicidad intrusiva en la prensa online from publiboda on Vimeo.
¡Qué coñazo!
(Gracias, Daniel)
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¡Qué coñazo!
(Gracias, Daniel)
El programa se llama «Right Patient, Right Blood» y se trata de solucionar un problema enorme que tienen en el Reino Unido. Resulta que entre 1996 y 2004, cinco, c-i-n-c-o pacientes fallecieron por haberles dado una transfusión sanguínea del tipo equivocado.
Esto por supuesto hace que sea imprescindible iniciar un carísimo programa basado en RFID para asegurarse que nunca más vuelva a pasar (el tono irónico es porque en el Reino Unido hay hospitales donde mueren CIENTOS de pacientes al año debido a infecciones que «pescan» debido a la pobrísima higiene y carencia absoluta de personal). Cada vez que alguien dé sangre, la bolsita se marcará con un chip de radiofrecuencia (RFID), pero esto sería incompleto, porque no garantizaría que esa «sangre correcta» se le inyecte al «paciente correcto». Para el paciente en el momento del ingreso, pulserita con RFID, por supuesto.
No nos gusta el RFID para identificación de personas, es injustificable, en este caso menos todavía, ¡¡porque no existe un sistema informático que garantice que no vaya a haber 5 errores en 8 años!! Ese dinero estaría mejor empleado en desinfectante y en el salario de personal, tanto clínico como de limpieza.
Enlace al proyecto, en la página del programa de informatizacion del ministerio de sanidad británico.
Llevan intentándolo desde el 2005, al fin lo consiguieron: el 26 de mayo la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones aprobó el plan del ayuntamiento de Barcelona «WiFi Ciutadà». Parece ser que para el otoño la ciudad condal dispondrá de 500 hotspots distribuidos por todo el municipio.
Como perros de Pavlov, oiga. Todo el mundo está babeando desde que ayer en la feria E3 de Los Angeles la gente de Microsoft presentara lo más nuevo para su consola XBox: el proyecto Natal, cuya premisa es cargarse el mando. A la consola se le enchufa una cámara que mira al jugador, detecta su cara (para escoger automáticamente el avatar que lo representará en el juego) y detecta sus gestos (para trasladar al universo de los pixels los mamporros que está pegando).
La gente ha perdido el oremus. ¿Pagar para meter en casa una cámara que te puede identificar y que puede entender qué estás haciendo enfrente de la tele? ¿Es que nos hemos vuelto locos todos? Esto es videovigilancia a domicilio, cortesía de Microsoft, y lo demás son tonterías.
(Mejor nos quedamos con el nuevo Motion Controller de la PS3 de Sony, que hace lo mismo pero sin cámara, solo te tienes que poner unas tiritas multicolores en las extremidades. ¡Opinemos con la cartera!)
Los más listos de la clase han sabido leer entre líneas (y en El País) de lo que verdaderamente se trata este asunto del portátil para los alumnos de primaria en España. Se va a aprovechar para meter un DRM brutal, un mecanismo a nivel máquina (hardware) que solo permita el acceso a cada libro de texto al alumno que lo tenga asignado y para el cual se ha pagado licencia.
Inmediatamente nos ha venido a todos a la cabeza el cuento de Stallman titulado «el derecho a leer» y en el cual se narra la historia de un estudiante ¿¿de un futuro lejano?? al cual se acerca la chica guapa de la clase para pedirle que le deje por favor leer un texto que él tiene en su ordenador y del que ella, por un motivo que ni recuerdo, no dispone.
Si a todo esto le sumamos que el grupo PRISA se va a tomar por saco con un agujero multimillonario, y que las únicas dos patas de la empresa que no hacen aguas son Alfaguara en Latinoamérica (porque allá en pleno estilo neocolonial e imperialista a la gente le cobran la burrada que les da la gana por una novelita) y sobre todo Santillana-libros de texto escolares, pues esta premura del gobierno por repartir portátiles y al fin implementar el sueño húmedo de los libreros (y aberración para los amantes de la cultura) de forzar que el libro sea de uso unipersonal ya no se antoja tan apresurada.
Yo creo que esto va mucho más allá del derecho a la lectura, porque para mí la situación (eliminando el elemento digital) es un déjà vu, y sé que lo que esta gente se trae entre mano es el derecho a la educación básica. Prepárense para el flashback… Barcelona, finales de los ochenta. En medio de un barrio obrero y a tiro de piedra de otro marginal se erige un instituto de bachillerato… con más aire del pueblo de Astérix que otra cosa. En este entorno, la diferencia entre estar escolarizado o pasarte los días en la calle pateando piedras al sol es en muchas ocasiones que la familia tenga suficiente dinero para pagar los carísimos libros de texto cuando llega septiembre (en México la gente alucina cuando se enteran de que en España son de pago, ¿pero no eran primer mundo?, me preguntan siempre). El director del instituto le pone remedio: logra que los profesores crean sus materiales siempre que sea posible, y solo excepcionalmente se usa libro de texto, que compra la escuela y «alquila» al alumno, que paga una cantidad casi simbólica en concepto de reprografía y uso de esos libros. Los estudiantes solo pueden escribir sobre ellos con lápiz y al final del curso hay un masivo ejercicio de goma de borrar para dejarlos presentables para que los reutilicen los alumnos del año siguente.
El resultado: un año sí, otro también, al director del instituto lo suspenden de empleo y sueldo desde la Generalitat de Catalunya «por malversación», y en consecuencia, un año sí, otro también, vamos a la huelga, cortamos el tráfico en la Diagonal, en la recién inaugurada Ronda del Literal… hasta que vuelven a admitir al director.
Yo de adolescente ya luché por el derecho de mis amigos y vecinos a la educación. Lo que está no ya consintiendo, sino implementando, el gobierno español hace que haya llegado el momento de hacerlo de nuevo.
Acabo de leer que existe un tratamiento contra el cáncer que tiene, como efecto secundario, la aparición de ampollas y despellejamiento similar que puede acabar en la desaparición de las huellas dactilares del paciente.
Parece ser que un ciudadano de Singapur que sobrevivió a la enfermedad pero perdió las huellas tuvo problemas para acceder a Estados Unidos.
El problema de los sistemas de seguridad «modernos» como los chips y la biometría no es que no sean infalibles (en el mundo no hay nada infalible, a ver si nos enteramos…) sino que las empresas que fabrican soluciones que los utilizan tienen un interés muy grande en venderlos como «infalibles» y los que deciden son unos generalistas sin conocimiento ni criterio que o se creen lo que les están diciendo, o ya les va bien que se siga alimentando el mito.
Conclusión, cuando en el aeropuerto o estación migratoria te encuentras con el gorila uniformado de turno, puesto que su procedimiento de trabajo asume que la biometría (y el chip) son infalibles, actúan en consecuencia. Y sin huellas no se puede viajar, porque según este punto de vista tan torcido, sin huellas no se tiene identidad, y sin identidad se es terrorista o narcotraficante, sin duda, «porque algo tendrás que esconder». Hay que joderse…

Esta tarde en el Ateneu Llibertari del Casc Antic (C/Fonollar 13-15, es decir, en el Forat de la Vergonya) hay una sesión sobre control social. Paloma hablará sobre arte y videovigilancia, a las 19 horas. Carlos Alonso, sobre propiedad intelectual como mecanismo de control, a las 20 horas.
Es muy, pero que muy probable que me pase por allá… así que si vais, allá nos vemos.
Leo en la revistilla de EasyJet, hablando de música rap en Marruecos:
Como en Marruecos el nivel de piratería es alto, los grupos no tienen más remedio que dar conciertos muy frecuentemente para poder ganarse la vida.
¡Ah, la leche! Si yo tengo que ir a trabajar todos los días para ganarme el pan, ¿por qué diablos los que ejercen la noble profesión de músicos no van a hacer lo mismo? Lo contrario no sería más que chupar del bote.
Perdonad la cuña publicitaria. Esta semana y la siguiente podremos servir pedidos de las fundas con jaula de Faraday para el pasaporte electrónico (RFID) y billeteras con la misma malla protectora para esa tarjetita RFID que el servicio de autobús o el bicing ha colado en tu vida. Instrucciones en el sitio Web. Y mil perdones por la molestia.
Solo dos veces en la vida he sufrido discriminación en el entorno laboral (fuera de él una vez me apedrearon por extranjera y he sufrido abusos verbales por otras cosas, pero esa es otra historia). Una de ellas ha sido hoy y estoy obviamente cabreada. Aprovecho para narrar ambas ocasiones juntas y así llegar a una verdad universal: cabrones hijos de puta neandertales (con perdón de los neandertales y de las putas) que no tienen ni puta idea de “con quién están hablando” (aunque opinaría lo mismo si el abuso fuese hacia la señora de la limpieza) los hay en todas partes.
Madrid, 2001. Me llevan de Barcelona a Madrid para una reunión con un proveedor potencial de tecnología. Mi papel en dicha reunión: dar el visto bueno técnico, vamos, enterarme si lo que nos están intentando vender es un producto de verdad, sólido, que funcione, que escale bien y que tenga un ciclo de vida decente, o si se trata simplemente de un montón de humo. Muy estilo de Madrid (¡esto lo digo por envidia!): acabar la sesión en un restaurante donde se come de maravilla, y el dueño de la empresa proveedora se apunta y paga la factura. El señor tiene una verborrea incontrolable y se dedica a despachar conversación con todos los asistentes. En medio de charlas interesantes sobre la logística de distribución de productos, los proyectos de innovación SEUR en aquella época, la pobre cobertura de GPRS en España, en fin, lo que toca, y yo participo activamente, no en vano también sufro una verborrea incontenible. El señor propietario de repente se gira hacia mí y ni corto ni perezoso me espeta:
La respuesta que di no la voy a reproducir, solo escribiré que me dio un placer increíble escribir un largo y tendido informe demostrando a los directores de la empresa para la que trabajo que… nos estaban intentando vender un montón de humo.
Sur de Londres, 2009. No puedo dar muchos detalles de esta por un acuerdo de confidencialidad (de hecho esto es un blog personal, no un blog corporativo, y no es sitio para hablar de según qué cosas). Pero me llevan a una reunión similar (pero de mucha más importancia) desde el verde y rural norte de Inglaterra hasta el rico suroeste de Londres para entender la arquitectura de un sistema muy novedoso, así como la manera de trabajar de la start-up que lo produce, para ver si tanto el producto como el equipo estarían a la altura del proyecto de grande, grandísima magnitud que nos traemos entre manos. Nos hacen la demostración de producto, todo bien. Nos hacen una presentación técnica de todos los componentes, todo tiene muy buena pinta. Nos presentan al director clínico. El típico médico chulo y creído (en contraposición a la mayoría de los médicos, que son buenas personas) con un ego de tamaño inversamente proporcional a la longitud de su… en fin, no digo más. A la reunión asistimos dos personas de mi empresa: yo (mujer de treinta y tantos claramente del sur de Europa) y otro compañero (holandés de 1.90, rubio como el sol, con los pantalones “chinos” y la camisa de algodón que corresponde a todo “directivo medio” al que dicen que vaya a una reunión con vestimenta casual). Yo tengo 9 años de experiencia en la tecnología que estábamos discutiendo y 6 en el área de negocio en la que se aplicaría. El, cero experiencia en la tecnología (nunca la tendrá, es un manager de cierto nivel) y apenas 6 meses en el negocio (eso sí lo aprenderá, no es nada tonto). El director clínico obviamente aplica su listado de prejuicios y la reacción: no me mira ni siquiera cuando le pregunto, todas las respuestas van hacia el holandés, por supuesto obviando que tiene delante a dos profesionales de tecnologías de la información (¿¿o al revés, de modo bien consciente??), dándoselas de importante a base de bla bla en jerga que no nos sirve para nada. El desdén con el que me trataba fue tan exagerado que hubo un momento que me dieron ganas de girarme y salir del despacho exclamando un “me voy al baño, tengo cosas mas importantes que hacer que escucharte”, pero eso lo haría con 20 años, no ahora. Así que a donde duele:
Y el tío, mirándome como a una mosca que se le acababa de posar en la nariz:
Y yo:
Por supuesto, el tipo cambió el tema y siguió hablando con el holandés. La cara del director de marketing, un tipo mil veces más inteligente aunque no tenga tres doctorados, no he de describirla.
Tras la reunión, supongo que para hacer las paces tras “una conversación” con el director de marketing, el tipo se dirigió a mí mientras degustábamos un delicioso Nescafé sin azúcar “porque no tenían en la oficina” y va y me empieza a explicar sus incontables vacaciones en “Lorei”, “Lansarouti” y otros puntos de la Península Ibérica, Baleares y Canarias que no llegué a retener, no por falta de comprensión (domino el “dos serveisas por favour» perfectamente), sino de interés.
La respuesta que le di tampoco os la voy a escribir aquí. Ahora me estoy pensando qué pondré en el informe que voy a escribir justo cuando acabe con este post, lo tengo difícil: tienen a un cerdo con muy buenos contactos como director médico, pero su producto tiene muy buena pinta. Mi problema es que, diga lo que diga el estereotipo sobre los latinos mediterráneos que tienen los hipócritas anglos, la ética está en mi ADN, así que muy a mi pesar creo que ese desgraciado se va a llevar un “bonus” de la hostia esta Navidades.