Las cosas del mundo se mueven como el corazón: sístole/diástole, y vuelta a empezar.
Muchos nos hemos estado dando un atracón de información desde que, a partir de mediados de los 90, Internet empezó a estar disponible en todos los hogares.
Las consecuencias: cabeza abotargada de datos, correo personal desbordado, mucho tiempo dedicado a separar el trigo de la paja, poco tiempo para analizar y sintetizar, riesgo de caer en el puro anecdotario. Desarrollo de insomnio y verborrea incontenible. Y quizás lo peor… un rastro digital indeleble (de momento) que perfila peligrosamente bien nuestras ideas e intereses.
Al menos para mí, y creo que para otras personas, ha llegado la hora de ponernos a dieta. Bajas en multitud de servicios sociales que usamos poco o nada, cancelación de subscripción en innumerables newsletters (¿por qué cada vez que compras algo online el comercial te apunta a la suya?), purga sin compasión de las fuentes de información agregadas en nuestro lector RSS favorito…
Ha llegado la hora de cambiar cantidad por calidad, dejar la dispersión y optar por el enfoque. ¿Será una moda pasajera típica de septiembre, como apuntarse al gimnasio, o los que estamos intentando decrecer lograremos de verdad desinfoxicarnos?