Siguiendo el consejo de Mariano Rajoy, voy a expresar aquí lo que me sale del corazón. Me sale del corazón anhelar el dejar de ser súbdita para convertirme en ciudadana.

Lo siento, Mariano. Nos invitaste a expresarnos con libertad teniendo en cuenta «eso que sabe todo el mundo». Eso que sabe todo el mundo es que nuestros políticos son una mierda y que la casa real no es más es una familia de personas altas y rubias con muchos privilegios de los que no disfrutamos los que sí trabajamos y pagamos impuestos. Ea.
Archivo por días: 11/10/2007
Artículo en El Azotador de Xochimilco: Un mundo inseguro
Ahí va íntegro mi último artículo en el periódico mexicano El Azotador de Xochimilco.
UN MUNDO INSEGURO
En enero del 2000, durante un largo viaje a México con varias escalas, viví la anécdota perfecta para explicar la diferencia entre la “buena” y la “mala” seguridad en un aeropuerto. Pasando uno de los controles en Londres, Inglaterra, un policía registraba mi bolsa de mano tardando un poquito más de lo habitual. Vi cómo cambiaba su rostro y con un tono muy serio exclamó:
– Señora, lo siento, pero lleva un objeto no permitido.
Mi cara seguro que se puso de color verde, porque rápidamente el agente sonrió mientras sacaba algo de mi bolsa.
– ¡Nos vamos a quedar con su Kit-Kat! – rió, sosteniendo el chocolate en su brillante envoltorio rojo.
Por supuesto, me lo devolvió: había sido su manera de reducir la tensión que flotaba en el ambiente. El agente, y sus compañeros, estaban llevando a cabo un control exhaustivo y eficaz pero sin dejar de ser amable con el pasajero. Al rato comprendí a qué había sido debido: pocos minutos después evacuaron todo el terminal aéreo por amenaza de bomba, que gracias a Dios resultó ser falsa. Mientras caminábamos aprisa por los pasillos, yo pensaba en el policía y recuerdo que me sentía bastante segura: sabía que estaba en buenas manos.
En el siguiente control, en Houston, Texas, la historia fue muy diferente. Los agentes de seguridad privada nos dedicaban, a mí y al resto de viajeros, miradas de odio. Una mujer con un grave sobrepeso, claro síntoma de pobreza en EU, y un salario seguramente insuficiente, me gritaba a la cara cuestionando mi decisión de llevar de vacaciones ¡una cámara fotográfica! y amenazando con requisarla si no le demostraba que en realidad “servía para hacer fotos”. Este trato intransigente y lo absurdo de la medida aplicada no me hicieron sentir más segura, al contrario.
Luego aterricé en México, y se me quitaron todos los pesares. Pero eso es otra historia.
Por desgracia, tras el fatídico 11 de septiembre de 2001, el modelo de seguridad ciudadana que se ha impuesto es el de la mala seguridad que yo viví en Houston hace siete años, y que me ha tocado experimentar en demasiadas ocasiones desde entonces. Es un modelo cuyo objetivo no es ser seguro, sino parecerlo, al que los expertos llegan a llamar “teatro de la seguridad”.
Las ciudades se han llenado de cámaras de videovigilancia, que se supone tienen que hacernos sentir más seguros pero que en realidad de poco o nada valen, como se puede comprobar en Inglaterra. Un londinense en su quehacer diario es filmado cada 10 segundos. No obstante, en un reciente artículo se revela que en ese país solo uno de cada cinco casos es resuelto por la policía, y si todo el dinero invertido en cámaras hubiese ido a parar al cuerpo de policía, la tasa de crimen hubiera disminuido. Hay agentes de seguridad privados por todas partes, en el transporte público, en centros comerciales, e incluso en España se les ha encomendado el control en edificios oficiales como los juzgados.
En los aeropuertos la cosa está mucho peor. En Europa, desde noviembre del 2006, se limita la cantidad de líquidos, cremas o jabones que cada pasajero puede llevar. El máximo es un litro, en recipientes de menos de 100 mililitros (le reto a que compruebe que su pasta de dientes no pasa) y guardados en una bolsa de plástico transparentes con cierre hermético. Todo ello por una dudosa alerta de seguridad en verano del 2006, cuando unos fanáticos, dizque terroristas se disponían a hacer explosivos a bordo de un avión con agua oxigenada y cuatro polvitos (algo que cualquier licenciado en química le dirá que no es posible). Desde entonces, se dedican grandes cantidades de dinero y esfuerzo a controlar que el desodorante y la pasta de dientes de cada uno de los millones de viajeros que se desplazan por el espacio aéreo europeo a diario, ¡uno por uno!, no sean de tamaño familiar. Hacer que miles y miles de profesionales dejen de hacer su trabajo, es decir, investigar, analizar y averiguar qué están tramando los “malos de verdad” en este momento, para dedicarse a controlar mi bolsa de cosméticos, ¡es una pérdida de tiempo y recursos tan escandalosa! No solo es absurdo. Es peligroso, porque, como en el caso de la policía inglesa y las cámaras, el dinero invertido podría utilizarse en que los profesionales de la seguridad se dedicaran a su trabajo: investigar y seguir pistas verídicas de los servicios de inteligencia sobre amenazas reales. No se me ocurre una medida que me haga sentir más insegura.
Pero, ¿quién gana con este nuevo escenario de la seguridad fingida? Por un lado, las empresas dedicadas a la tecnología de la supervisión (videocámaras, escáneres corporales, detectores, etc.) y las subcontratistas de la seguridad privada. Para ellos el 11 de septiembre fue como Navidad: lleno de regalos. Resulta paradójico, ¿verdad? Los servicios de seguridad privados de un puñado de aeropuertos estadounidenses no consiguen detectar a cuatro pasajeros que viajan con cuchillas encima, y la consecuencia no es que se cuelgue a los responsables del palo más alto, al contrario: se les concede un volumen de negocio sin precedentes. Los otros grandes beneficiados de la situación son los mismos terroristas. Su objetivo es aterrorizarnos y acabar con el modo de vida occidental, y precisamente cumplen ambos. Occidente está atemorizado, y las medidas de supuesta seguridad de nuestros gobiernos acaban con los pilares de nuestra civilización: los expuestos en la Revolución Francesa. Son la libertad, la fraternidad y la igualdad. Los grandes perdedores en esta gran pantomima que tantos millones de dólares mueve somos nosotros, los ciudadanos. Es hora de que tomemos consciencia de ello. No dejarse hacer es el primer paso para cambiar las cosas.
Onda milímetro: scanner de cuerpo entero, en pruebas en el aeropuerto de Arizona
http://www.elmundo.es/navegante/2007/10/11/tecnologia/1192093001.html
Leemos en El Mundo que nuestros amigos de la TSA (Travel Security Administrator) están probando una novedosa (¿?) tecnología que resulta ser un scanner de cuerpo entero, que según ellos no es dañino para la salud, y que si gusta y no hay muchas quejas, se va a convertir en el pan nuestro de cada día en los aeropuertos: que el o la poli de guardia nos vea en pelotas, eso sí, en blanco y negro.
La tecnología empleada tiene un nombre curioso: «onda milímetro».
Yo prohibiría las películas de ciencia ficción. Esta idea la han sacado de Total Recall (desafío total en España), la escena en el metro en que Schwarzenegger pasa por el detector con un par de pistolas, y cuando el engendro empieza a pitar, echa a correr (escena que se rodó en el metro de Ciudad de México, ¡en la estación Chabacano para ser exactos!).
Bueno, anécdotas aparte, esta es una noticia bastante nefasta, otro «palo de ciego» en nombre de la seguridad.
Y si me fotografían y distribuyen mi imagen en Internet?
Esta semana ha habido noticias relacionadas con los derechos de imagen de menores (a una niña la pusieron en la campaña publicitaria de una conocida marca de ropa; un padre está intentando que se quite de YouTube un video en el que le dan una paliza a su hijo) y a muy buen tiempo la Asociación de Internautas acaba de publicar una lista de consejos sobre qué hacer si se publica tu imagen en alguno de los medios de Internet.
El País se hace eco de estos consejos en el siguiente artículo: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/puede/hacer/encuentra/imagen/Internet/elpepusoc/20071011elpepisoc_1/Tes
Resulta ser un buen manual de uso para al menos intentar proteger tu privacidad. Decimos intentar porque una vez algo se libera en Internet, dada la naturaleza de los bits y bytes, es prácticamente imposible pararlo si resulta de interés.