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¡Felicidades, Rita Levi Montalcini!

Solo hay dos personalidades públicas a las que admiro tanto que colgaría un póster suyo en el comedor de casa. Una es Marie Curie, quien no requiere presentación alguna, y la otra Rita Levi Montalcini, la neuróloga italiana que recibió el premio Nobel de medicina en 1986. ¿Por qué? Por ser mujeres inteligentísimas, capaces, «luchonas» y apasionadas con su trabajo.

Resulta que Rita cumple hoy cien años. En El Mundo publican una breve biografía.

Felicidades, Rita, fuente de inspiración para muchas científicas. ¡¡Que cumplas muchos, muchos más!!

¿El fin de la tecnología obsoleta?

En El Navegante se marcan un artículo alrededor de una pregunta interesante: ¿y si la tecnología fuese ya suficientemente buena? Se basan en evidencias del mercado:

  • Vista (la esperanza vende-máquinas-potentes, o último giro de tuerca de la «conspiración WinTel») ha sido un rotundo fracaso.
  • El BluRay no despega. Y no me extraña. Verle los implantes de cabello a Travolta gracias a la alta definición no me dejaría disfrutar de la película.
  • La tecnología de 64 bits no ha causado furor. Más bien al contrario: lo que ha causado furor son los netbooks, unos ordenadores portátiles de pequeño tamaño, ultraportabilidad a costa de solo ofrecer prestaciones limitadas.
  • Los móviles han dejado de tener más prestaciones, ahora solamente se les está sacando más jugo a base de buenas aplicaciones.

Se preguntan si esto es porque ya no hay interés en las prestaciones (más gigas solo por fardar) o si se debe a las renovadas dificultades que tienen las personas a la hora de acceder al crédito.

Yo tengo dos pequeñas historias personales relacionadas y una reflexión al respecto. Hace un año compramos un portátil para casa. Ahora estoy comprando otro portátil porque con uno no tenemos ni para un diente. Y me sorprende ver que «los numeritos» son prácticamente los mismos que el año pasado: velocidad de procesador, RAM, disco duro, tarjeta gráfica, maldita sea, ni siquiera en WiFi hemos pasado del 802.11a/b/g. Con una maravillosa excepción: el precio es la mitad.

Hace 3 semanas compramos una tele de LCD, 32 pulgadas, todo muy mono, a mitad de precio de lo que costaban el año pasado. Al llegar a casa, decepción tremenda: la calidad de imagen de la pantalla es tan buena que se ve fatal. Ni la TDT (aquí se llama FreeView) ni el DVD están a la altura. De la Wii y lo penoso que se ve (a pesar de haber comprado el cable de componentes para «simular» HD) no quiero escribir que me pongo a llorar. Ahora cuando voy a hoteles me fijo en la calidad de la imagen y constato que no es mi tele: son todas.

Mi reflexión: hay dos tipos de avances. Están los incrementales y los disruptivos.

Los avances incrementales consisten en «mejorar poquito a poquito». Por ejemplo, hacer procesadores cada vez más rápidos basados en los semiconductores, a base de darle a los ingenieros de Intel u AMD lupas más gordas para que dibujen circuitos minúsculos en minúsculas obleas 🙂 (arquitectos de computadoras que me lean: ¡no me matéis por la simplificación, tomadlo como una parábola!). Por ejemplo, a base de esa miniaturización (y reducción de costes, y reducción del consumo energético) lograr que cosas inventadas (GPS, pantallas táctiles, procesadores pequeñitos…) quepan en un dispositivo de bolsillo con suficiente autonomía y precio razonable como para venderlos bajo el nombre de «teléfono» a millones. Estos avances incrementales tienen un techo natural: este se alcanza cuando ya no se pueden hacer más «encajes de bolillos», es decir, se ha utilizado la tecnología (o la física o la química) en la que se basan hasta el límite. Un ejemplo de dicho límite podría ser «la velocidad de la luz» o el tamaño de los electrones en el caso de los circuitos. Otro límite, en este caso biológico, sería la capacidad de reconocimiento de colores por parte de la rutina. Si solo distingo 21.000, ¿para qué necesito una pantalla que me dé 100 millones de colores?

Los avances disruptivos ocurren cuando en base a investigación fundamental se descubren cosas nuevísimas que «rompen» con todo lo anterior. El motor de gasolina de Daimler que acabó con las carretas a tracción animal. El reloj de cuarzo japonés que acabó con la hegemonía del tradicional reloj mecánico suizo. Y un largo etcétera.

Mi idea sobre este asunto es que los avances incrementales posibles se han agotado a la vez en un buen número de tecnologías. Ya no necesito para nada una tele mejor de la que tengo. Pero si me ofreciesen un proyector del tamaño de una cajetilla de tabaco que pudiese reflejar en una pared lisa y blanca una calidad de imagen de alta definición, sí me lo pensaría. Mi coche va suficientemente bien y no me lo pienso cambiar (puede ir a 250 km/h cuando el límite legal son 120 km/h, pero eso es tema para otro post) a menos que se acabe la gasolina y la única opción de usar coche sea un vehículo eléctrico alimentado con electricidad producida en una central eólica/solar.

¿Se acabó la obsolescencia en tecnología? Yo creo que no. Solo pasa que para mejorar lo más novedoso se necesita tecnología radicalmente diferente. Para desarrollarla, antes se necesitan buenas dosis investigación básica. Y esa, me temo, sí va a quedar «obsoletizada». Cortesía de dirigentes incompetentes sin visión de futuro, de una clase empresarial concentrada en los eneficios para hoy y no en el mañana.

Stiglitz lo tiene claro: antes de limpiar, nacionalizar

Joseph Stiglitz, santo de mi devoción, lo tiene claro: nada de salvar el culo a los banqueros y sus accionistas responsables de despeñar las instituciones que presiden / les pertenecen. Nada de «cash for trash». Hay que limpiar los bancos, sí, pero antes de ello hay que seguir el modelo escandinavo de los 90 y nacionalizarlos.

Aduce, como buen economista hasta la médula, los incentivos. Si el motivo para haberse comportado como si estuviesen en un casino de Las Vegas ha sido «maximizar el valor (a cortíiiiiisimo plazo) ofrecido a los accionistas» para poder llevarse unos bonus de la hostia, si cuando revienta todo por haber arriesgado demasiado no sufren nada de nada, ¿qué puede empujar a un ejecutivo de alto nivel a dejar de tomar decisiones que tan nefastas han resultado para el medio y largo plazo?

Estudiantes mandan una sonda a la estratosfera. ¡Felicidades!

Leo por ahí que unos ex-estudiantes del instituto de secundaria de La Bisbal, Girona han diseñado y construido una sonda capaz de tomar fotografías de la estratosfera. La lanzaron el 28 de febrero, alcanzó una altitud de 30.677 metros y logró hacer muy buenas fotografías. Aquí va un link al blog del proyecto: Meteotek08.

Me parece un ejemplo formidable de que en los días que corren se pueden hacer muchas cosas si se dispone de un cerebro pensante, interés (y entusiasmo) con respecto a la ciencia, tiempo libre y muy poquito presupuesto. ¡Tomemos todos nota!

¿Pa’ qué ir a Canadá si tenemos el Pirineo?

Siguiendo la saga Turisme de Girona, no salga de su casa, leemos que han utilizado fotos de Canadá para promover el turismo en el Pirineo.

No somos los únicos en exaltar la virtud de lo propio y promover la ignorancia (y el odio) hacia lo foráneo. Arnau Fuentes escribió recientemente sobre la «versión británica» del mismo fenómeno.

Y ojo, que no se malienterprete… mal de muchos consejo de tontos… es decir, el «no soy el único» para justificarse no es aceptable.

200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin

Un día como hoy pero hace 200 años, un bebé llamado Charles Darwin venía al mundo en la preciosa ciudad de Shrewsbury, en el norte de Inglaterra.
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Años después, el muchachito se montaría a un barco llamado Beagle, que atracó en las islas Galápagos, y viendo todos esos «eslabones perdidos» del mundo animal ideó una teoría, llamada de la evolución de las especies, que increíblemente, a día de hoy es todavía ferozmente denostada por cierta gente capaz de no «creerse los descubrimientos científicos» pero sí creer e intentar aplicar a pie juntillas unos textos de más de 2000 años escritos en arameo.

¡Feliz cumpleaños, Charlie!

¿Para qué ir al Caribe si Menorca está igual de bien?

«¿Para qué ir al Caribe, si Menorca está igual de bien?»

Cuando oí que alguien muy cercano a mí espetaba esas palabras, me dieron ganas de estrangularlo. Luego recapacité y mejor me dieron ganas de estrangular a quien sea que ha orquestado desde la tele, los medios de comunicación y quién sabe qué más, los valores y el sentir popular del país. ¡Villaconejos de Abajo es lo mejor del mundo! ¡Para qué ir a Villaconejos de Arriba si aquí se está tan a gustito!

Por eso no me extraña que el Patronat de Turisme de Girona use fotos hechas EN LAS BAHAMAS para promocionar la Costa Brava. ¡Y encima usaron el Photoshop para «apañar» el color del mar y que el fraude no «cantase» tanto!

El nuevo traje del emperador, enésima versión

Erase una vez un emperador muy presumido. Un día llegó a la corte un mercader con una colección de ricas sedas. Tras mostrarle los más bellos bordados, le susurró al oído que todavía no le había mostrado la tela más majestuosa y especial, pues solo podían apreciar sus cualidades las personas verdaderamente inteligentes.

A los ojos del emperador, allí estaba el mercader, con el gesto de sostener una pesada pieza de tela… inexistente. El emperador, orgulloso como era, no quiso que su corte se llevase la impresión de que quizás no era tan inteligente como sus súbditos suponían, así que exclamó:

– ¡Maravilloso! ¡Háganme un traje con esa tela! La quiero lucir para la fiesta mayor del reino.

Un frío día de febrero, el emperador hizo como si cogiese el vestido que sus sastres le tendían, hizo como si se lo pusiese, y desnudo como llegó al mundo montó en su elegante corcel y comenzó a recorrer las calles de la capital del reino.

La gente comenzó a rugir, «¡qué bello el nuevo traje del emperador!»

Un niño levantó la voz, ¡pero si está desnudo!

Los servicios secretos neutralizaron al elemento subversivo, del cual nunca más se supo.

El emperador pilló una pulmonía, y poco después, murió.

El bien común y el bien corporativo

Un pequeño ejemplo de lo difícil que es compaginar el bien común con el bien corporativo.

En el Reino Unido el estado se está gastando ingentes cantidades de dinero en la lucha contra la obesidad. La estrategia es concienciar a la población de que se trata de un problema de salud y que tienen que hacer un esfuerzo para cambiar sus hábitos sedentarios y de alimentación.

Los jueves voy a comer al restaurante del South Cheshire College. Aunque está abierto al público en general, los estudiantes suelen comer en la cantina, así que en la práctica solamente los profesores y personal administrativo lo utilizan.

En medio del restaurante hay una fuentecilla de agua y vasos desechables.

La práctica totalidad de los comensales beben agua durante la comida. Esto en otros países puede parecer lo normal, pero aquí no lo es. Las bebidas carbonatadas (refrescos), o incluso el té o café, suelen ser la bebida que acompaña a los alimentos. Si hay agua gratis, se bebe. Pero si hay que pagar por la bebida, pedir agua natural sin gas ni se contempla.

Todos sabemos el impacto que el consumo habitual de refrescos tiene para la salud. Obesidad y diabetes en muchas ocasiones son directamente imputables a él.

¿No sería una manera facilísima de reducir el consumo de azúcares y productos nocivos para la salud la simple obligatoriedad de colocar una fuentecita de agua en todos los restaurantes y cafeterías?

Con el actual sistema económico, eso es imposible. Porque vivimos en un mundo totalmente hipócrita y esquizofrénico. El ciudadano de a pie debe perder peso, pero sin que se resientan las ventas de Coca-Cola. No es un misterio que muchos restaurantes apenan cubren costes con la comida que sirven y las ganancias vienen pura y simplemente del generoso margen de beneficios en el precio de las bebidas.

¿Salud o restaurantes? ¿Salud o Coca-Cola? Mejor, Coca-Cola, restaurantes, y una población con un permanente sentimiento de culpa por «no llevar un estilo de vida adecuado».

La «crisis» la iniciaron unos banqueros con una avaricia sin límites, unos constructores que pusieron la burbujita, de acuerdo, pero el problema va mucho más allá. Un sistema, el económico, inventado por los seres humanos pero que mantiene alienada a la mitad de la población, y a la otra mitad muriéndose de hambre directamente, no tiene por dónde aguantarse. ¡La manera en que nos organizamos no es la ley de la gravedad de la cual no se puede escapar ni en cohete! Esperemos que ahora sí, nos demos al fin cuenta de que «otro mundo es posible»… y necesario.