Vejación sistemática en los aeropuertos, esto hay que pararlo

Cortesía del blog de la Travel Security Agency estadounidense. Así es como nos verán los agentes de seguridad cuando pasemos por un (1) «millimeter wave scanner» y por un (2) «backscatter scanner», o sea, los arcos detectores que se empezarán a instalar como que ya.

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Ahora que Ignasi Guardans trabaja para el rancio ministerio de cultura y no coge frecuentemente el vuelo a Bruselas nos toca a nosotros negarnos a esta bestialidad.

Contra la infoxicación, el decrecimiento

Las cosas del mundo se mueven como el corazón: sístole/diástole, y vuelta a empezar.

Muchos nos hemos estado dando un atracón de información desde que, a partir de mediados de los 90, Internet empezó a estar disponible en todos los hogares.

Las consecuencias: cabeza abotargada de datos, correo personal desbordado, mucho tiempo dedicado a separar el trigo de la paja, poco tiempo para analizar y sintetizar, riesgo de caer en el puro anecdotario. Desarrollo de insomnio y verborrea incontenible. Y quizás lo peor… un rastro digital indeleble (de momento) que perfila peligrosamente bien nuestras ideas e intereses.

Al menos para mí, y creo que para otras personas, ha llegado la hora de ponernos a dieta. Bajas en multitud de servicios sociales que usamos poco o nada, cancelación de subscripción en innumerables newsletters (¿por qué cada vez que compras algo online el comercial te apunta a la suya?), purga sin compasión de las fuentes de información agregadas en nuestro lector RSS favorito…

Ha llegado la hora de cambiar cantidad por calidad, dejar la dispersión y optar por el enfoque. ¿Será una moda pasajera típica de septiembre, como apuntarse al gimnasio, o los que estamos intentando decrecer lograremos de verdad desinfoxicarnos?

Avances en el olvido en la era digital

Por mucho que los gurús de turno se empeñen en pronosticar que el número de Dunbar aumenta gracias a las redes sociales y otros insistan en que gracias a la realidad aumentada pronto nos vamos a convertir en cyborgs, la verdad es que hoy somos exactamente iguales físicamente a cuando pintábamos venados en las paredes de las cavernas, nuestro sistema constitucional no es tan diferente al que nació de revoluciones como la francesa en 1789 o la mexicana de 1910 (y que viva la Pepa entre medio) y nuestra moral resulta idéntica a la de la Europa pre-segunda guerra mundial. La tecnología avanza mucho más rápido que nosotros (como organismos biológicos y como sociedad) y por eso cada vez nos pasa más que avances científicos y tecnológicos nos resultan, por un lado, moralmente incómodos, y por el otro nos pueden a llegar a fastidiar gravemente el día a día.

Uno de ellos es el asunto de la persistencia de la información, otros le llaman el fin de la conversación efímera, y para explicarlo con un ejemplo breve se trata de que esa foto de una borrachera post-adolescente o comentario estúpido en un foro te persiga toda la vida y logre que no te den ese trabajo tan interesante al que te has presentado porque al buscar tu nombre con un buen buscador, esas referencias aparezcan bien arriba en la lista de resultados. (Versvs lo explica mejor que yo)

Pues parece que al fin nos estamos moviendo en una dirección que va totalmente en contra de la que dictó Scott McNealy hace unos años (resumen: aguántate, porque esto es lo que hay) y ya hay equipos diseñando «sistemas para olvidar». Del primero me enteré a través de un post de David. Se trata de Vanish, que por el momento permite poner fecha de caducidad a los correos electrónicos pero se podría extender a más ámbitos. Del segundo me acabo de enterar hoy a través de la MIT Technology Review. Se trata una tinta compuesta de nanopartículas que permiten programarla para que se borre pasado un cierto tiempo. Algo así como «los mensajes que se autodestruirán en 30 segundos» de los cómics de mi juventud. El hígado de los espías lo agradecerá: ¡se acabó el deglutir papelitos para guardar el secreto!