
El programa de alquiler de bicis en Barcelona, el maravilloso bicing, tiene para mí un fallo colosal: se sirve de RFID para controlar las entregas y recogidas de las bicicletas, y encima la tarjeta de usuario lleva también RFID.
Así que ahora no salgo de casa sin mi cartera billetera con jaula de Faraday, que evita las lecturas indeseables de la tarjeta, y tengo experiencia diaria de que funciona, ¡vaya que si funciona! porque si no abro la cartera junto al lector, pues no se efectúa la lectura.
Aunque lo verdaderamente importante de la experiencia es que esas ventajas tan increíbles que nos intentan vender los defensores del RFID en la práctica no aplican. A mí me parece alucinante que todo el mundo, sin excepción, que he visto sacar una bici antes que yo, saca la tarjeta de su tarjetero y la pega, físicamente, al lector. Así que ni facilidad de uso, ni ahorro de tiempo, ni narices. Tardan lo mismo que si usaran una tarjeta convencional con banda magnética, pero eso sí, llevan la tarjeta expuesta a una lectura no deseada, que alguien se clone tu tarjeta bicing (que no requiere ningún tipo de contraseña para utilizarse) y monte un negocio de venta de bicis «guays» a tu costa. Porque hay que recordar no devolver una bici de éstas en 24 horas supone un «palo» de 150 euros, cobrados directamente a la tarjeta de crédito que utilizaste en el momento de darte de alta en el servicio.
A partir de ahora esto va a ser una avalancha de plástico RFID, y si no, recuerden este comentario.