
Es normal que cunda el desánimo… ante noticias como la del reconocimiento facial en el Metro de Madrid, cabe preguntarse por qué no tirar la toalla de una vez y dejar de preocuparse por la intimidad y la privacidad.
Aparte de que ambas sean un derecho que algunos no queremos sacrificar, aquí van otras razones que pueden resultar vitales.
Si pensamos solamente en las implicaciones comerciales (el valor económico que tiene para los deptartamentos de marketing el conocernos), pues sí, si todos fuéramos transparentes, no tendrían que inventar spywares para robarnos información sobre los hábitos de conducta. La información no sería ventaja para ninguno de esos agentes económicos.
Pero ¡¡ay amigo!! Es solamente en las sociedades abiertas (según definición de Karl Popper) que no hay ningún riesgo para los ciudadanos que hagan pública la información sobre su vida, sus hábitos, sus ideas… En una sociedad perfecta (democrática, libre, respetuosa con el individuo) no pasa nada si se sabe todo sobre ti.
Pero en este asqueroso mundo se está tendiendo al fascismo… y cuando hay fascismo, un dato es a veces la diferencia entre la vida y la muerte: ser judío o no, ser musulmán o no, ser homosexual o no… leer a Chomsky o no…
Tus ideas, mis ideas, que exponemos tan alegremente en nuestros blogs… si fuéramos chinos (por decir algo reciente) daríamos con nuestros huesos en la cárcel.
De lo que pasa en Estados Unidos no hablo, que luego dicen que soy anti-gringa.
Tá chunga la cosa como para ir a corazón abierto.