Los riesgos de poner tus información personal en Internet según las agencias de protección de datos catalana y española

En El Mundo podemos leer una entrevista con Artemi Ramos, director de la Agencia Española de Protección de Datos.

Para no ser menos, La Vanguardia publica una entrevista a Esther Mitjans, la directora de la Agència Catalana de Protecció de Dades.

Para «la piratería» se gastan el dinero a espuertas en una estúpida campaña millonaria. Para esto de los datos personales en Internet, con sendas rácanas entrevistas en prensa ya basta. Está claro que el de los datos personales es el futuro negocio del siglo, y quieren mantener un perfil bajo… es decir, «que la gente no se entere».

Crimen de Pontevedra: falló algo mucho más fundamental que la pulserita

En la prensa tradicional están preguntándose por qué falló el sistema que se supone que debía haber protegido a la señora de Pontevedra asesinada por su expareja, supuestamente vigilados agresor y víctima por pulseritas GPS.

La pregunta venderá periódicos pero no es la que ayudará a que más personas en situación de riesgo salven la piel. El problema es mucho más importante, y que yo sepa todavía nadie lo ha cubierto. Nosotros lo hemos dicho muchas veces. Hay problemas que no se solucionan a base de echarles dinero y tecnología encima. El asunto de la videovigilancia es un ejemplo claro. A pesar de lo que nos hagan sentir, los datos “cantan”: no hay una relación directa entre la reducción de tasas de crimen y la instalación de cámaras de videovigilancia. De hecho, hay oficiales de la policía británica que han tenido dos narices, han dado un paso al frente, y han dicho clarito que todo ese dinero invertido en cámaras se podría haber gastado en mejorar las condiciones de trabajo de los agentes, tanto en la oficina como patrullando en la calle con la convicción de que esto sí hace algo por mejorar la seguridad de la población.

¿Por qué afirmamos que sin camaritas, sin pulseritas, y sin chips defectuosos en el pasaporte la seguridad mejora? Pues porque dichos artilugios nos dan una sensación de falsa seguridad. En algunos casos porque debido al puñetero marketing, se afirma tantas veces que la tecnología es infalible (chip del pasaporte) que el agente fronterizo se relaja. “Si tiene chip y se lee bien es un pasaporte pata negra, no tiene sentido que me esfuerce en averiguar si es un documento falso”, piensa él, porque su estado se aferra cabezonamente a la idea feliz de que “es un sistema seguro” y así se lo hacen saber. En otros, por puro fenómeno psicológico. Si el sentido común dice que no saques a pasear el perro por el parque cuando se hace oscuro, el ver esas flamantes y ubicuas cámaras blancas apuntando a todas partes podría dar la impresión al ciudadano de que “la policía está vigilando”, de que los carteristas y violadores ya no operan allá, de que es seguro pasear por allá a esas horas. ¿¿Estamos seguros de que es seguro??

Este caso de las pulseritas desgraciadamente es otro ejemplo. ¿Reagrupar a personas amenazadas, asignarles unos agentes que ronden su domicilio, hacer llamadas frecuentes para ver qué tal va todo? No hombre, no, qué antiguo suena todo eso. Mejor le ponemos una pulserita GPS a futuro agresor y futura víctima “y ya sonará una alarma en la central”. Central, por cierto, que ha sido diezmada de agentes porque claro, “con la pulserita de marras conseguimos un aumento de eficiencia de tanto por cierto, lo cual significa que sobra personal”, así que, pite o no pite la alarma, ¿habrá agentes disponibles para desplazarse a todos los rincones de la geografía española donde un potencial agresor se esté acercando a una potencial víctima? Lo dudo mucho.

Parafraseando a Gabriel García Márquez, esto de Pontevedra no ha sido más que la “crónica de una muerte avanzada”. Muerte por exceso de tecnología.